sábado, noviembre 25, 2006

La CaPuChA RoJa



Navegando en el sitio LOOP, antes conocido como Jaguar, encontré una animación bastante particular y buena, en cierto sentido, desde la óptica de la estética y la argumentación. En este sitio se encuentra el "fuerte" de la muestra de varios artistas, publicistas y diseñadores gráficos colombianos en el casi inexistente campo de la animación en nuestro país, situación -lo de inexistente- debido a que este arte, como el de la historieta -cómic o tebeo- se considera en Colombia como poco serio, pueril, circunscrito al público infantil y/o propio de una subcultura de desadaptados y seudointelectuales.


Qué bueno que los muchachos de LOOP les tenga sin cuidado esto, y a punta de gestiones y de cursos de animación digital, pueden mantener el sitio, en el cual pueden encontrar trabajos universitarios no ortodoxos, por supuesto: Te prohíbo llorar; o muy experimentales, como Tres historias para la creación, adaptación de tres mitos indígenas colombianos precolombinos más relevantes de las culturas aborígenes que aquí se encontraban asentadas; videoclips extremos para grupos colombianos no comerciales en Nubes pasan; historias muy bien elaboradas con el típico sello universitario como Cómo se hizo la grúa y la jirafa; y por último, la que nos ocupa hoy, La CaPuChA RoJa, oscura adaptación del clásico La Caperucita Roja.


Esta adaptación del clásico se recrea en las oscuras y retorcidas calles del submundo paisa, suponemos que en Medellín. En esta ciudad, antaño capital del crimen organizado por la nefasta y corrupta influencia del narcotráfico, pasó lúgubres episodios caracterizados por la desatada violencia entre pandillas de barrios deprimidos de los suburbios, el vicio, la lucha intestina y sangrienta por el poder de las calles entre pequeños carteles que querían heredar a punta de bala y miedo el imperio dejado por el extinto Don Pablo Escobar -nuestro propio Al Capone-, y por último, con la irrupción violenta y tenebrosa del paramilitarismo, se desató en esas calles la lucha por el poder y el control de las "ollas" -del bajo mundo- entre los comandos urbanos de las FARC y los paras.


Es en este medio tan terrible, que se da inicio a una sorprendente dinámica de reconstrucción social, de la cual son testigos la Iglesia Católica, varias Iglesias protestantes, muchas ONG's aliadas con Juntas de Acción Comunal y la Universidad de Medellín, especialmente a través de sus facultades de Medicina, Antropología y Artes. Expresiones artísticas tales como el colectivo de teatro "El Águila Descalza", o fanzines tan exitosos como "Zape, Pelele" e historietas negras como "La Abuela Sicaria", ayudaron no solo a racionalizar el medio violento en el que se encontraban, sino en aprender a expresar esto a través del arte, es decir, de manera constructiva.


Es cierto que un artista debe y tiene el deber moral de interpretar o canalizar, bien sea como protesta o como atalaya, la realidad de su entorno socio-cultural, sea el que sea, a priori, por el hecho de ser artista. De otro modo, este se ahoga entre fórmulas sociales excluyentes, entre oropeles o rutinas estériles. No quiero decir que sea, entonces, lícito expresarse de cualquier manera, como lo hiciera el despreciable Otto Muehl, líder de la abominable secta Organización Analítica de Acción, quienes a través de la pederastia de los propios hijos de los miembros de la secta piensan perpetuar su "mensaje divino" de dominación mundial, el cual le había sido revelado al seudoartista cuando, a la friolera de 35 años, como Licenciado en Literatura e Historia Alemana y docente de estas cátedras, posó para los snobs alemanes de los sesenta como "artista" del movimiento "artístico" rebelde denominado "accionismo vienés", saliendo a un escenario desnudo con dos o tres "modelos" desnudas también, y mientras (bajo el influjo de algún ácido) declamaba poesía antibélica, defecaba y sacrificaba animales en el escenario y luego decoraba con sus propias heces y la sangre de esos animales a sus "modelos", terminando su "acto artístico" orinando sobre los pechos de sus "modelos".


No, por el contrario, el artista tiene que encontrar medios lícitos de expresión que permitan no solo deconstruír su propia realidad y experiencia, sino que además y partiendo de este proceso, pueda construír con un lenguaje propio y apropiado su propia expresión artística, aun cuando muchas veces, no sea consciente de que por medio de su arte refleje, critique o desafíe de alguna manera su contexto. Es desde esta óptica que debe entenderse La CaPuChA RoJa, con su inesperada dosis de violencia, calles oscuras, frases obscenas y replanteamiento de los paradigmas del clásico en el que se basa, ya que de entrada, tenemos a una Caperucita más parecida a un Terminator en su potente motocicleta, al Lobo Feroz como un vicioso pervertido y chulo, y al "oscuro, tenebroso, desconocido y peligroso bosque" replanteado en una ciudad masificadora, temible, egoísta y, en fin, todo aquello que significa gran urbe, ciudad, en contraposición con la bucólica y tranquila vida de las pequeñas ciudades y pueblos. Sazonando este lúgubre contexto, está el infaltable humor negro colombiano, aquel que nos permite reírnos de la terrible realidad en la que vivimos, que nos permite racionalizar los dramas y los escándalos y nos mitiga un poco el hambre de pan y justicia que merodea en nuestros corazones. Pareciera que nuestra máxima cultural es: si no puedes con la realidad, ¡riéte de ella!


Este temible entorno de La CaPuChA no puede desvirtuar per se a la obra como tal, verbigracia, tendríamos que desvirtuar también como obra artística a, por ejemplo, el negro cómic Sin City de Frank Miller, por todos esos elementos que parecen ser una sublimación de la violencia, la depravación y la corrupción ya latente en el corazón de la Gran Manzana, situación que existe y que Miller sólo exagera y subraya con sus dramáticos trazos a blanco y negro y sus guiones directos.


Muy buena La CaPuChA RoJa, espero la disfruten igual que yo... ¡Y espero sus comentarios, por supuesto!. Para verla, haz clic en la imagen:


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