sábado, diciembre 31, 2005

¡Adiós, Año Viejo!

(Como breve nota introductoria, he de decir que esta es la tercera vez que intento publicar esta "sesuda" (?) reflexión, y no por que me haya quedado difícil escribirla, sino que cada vez que he intentado publicarla, la conección de Internet se ha caído...)
Cuando los españoles empezaron a notar que el empuje de los árabes colonos que llegaban a la Península se iba incrementando, impulsados por el joven y vigoroso imperio Otomano, elaboraron una curiosa protesta. Cada 19 de marzo los villanos como los nobles se dedicaban a elaborar grotescos muñecos, que vestían con extravagantes ropas y a quienes bautizaron monigotes, a secas, y los quemaban en las plazas públicas para regocijo de mayores y pequeños. La intención era rechazar la ocupación otomana en su país mediante este acto, cuya importancia como desfogue de la presión que el choque de culturas representaba fue aumentando con el paso del tiempo, hasta irse integrando en la tradición secular y los ritos cristianos de la época, sobreviviendo la ocupación de los moros, como los llamaban despectivamente.
De hecho, esta costumbre fue importada a través del Atlántico hasta nuestras tierras, de la mano de los pintorescos conquistadores, quienes descargaron en los naturales americanos toda la furia de la codicia por el oro y las riquezas fabulosas existentes aquí, según el folclor popular.
Bueno, la quema de monigotes también llegó a América y lentamente fué amalgamandose a la cosmovisión aborigen, estremecida hasta los cimientos por la constante, intolerante y muchas veces obligatoria evangelización cristiana, amén de la presión de la nueva cultura, apoyada en novedosas armas y la masacre continuada de millones de americanos por la ambición de nuevas tierras. Pero el significado había cambiado, y para los aborígenes significó uno más de los rituales nuevos con los que el Dios de los blancos se complacía, simbolizando la quema el fin de un ciclo negativo y la esperanza del comienzo de uno probablemente mejor, el ahuyentamiento de los malos espíritus y la vuelta al equilibrio de la naturaleza adolorida y estremecida. Desde este punto de vista, terminó siendo algo así como animista pero también con muchos elementos cristianos.
Actualmente esta quema se sigue celebrando en mi país, y goza de mucha simpatía popular y aceptación. Ha habido profundos cambios en su significancia, como es obvio, empezando por el hecho de que al antiguo monigote le cambiamos ese nombre tan despectivo y le pusimos también apellido: se llama ahora el Año Viejo, y se elabora utilizando ropa vieja, descolorida, usada. Algunos expertos en este tema incluso me han manifestado, en evidente tono conspiracional, que para que la quema del Año Viejo surta más efecto, como ritual para atraer la buena suerte en el año venidero, se debe utilizar la ropa de la suegra, incluso su ropa interior. Cuando la vieja se dá cuenta, me confían, se hace la digna y no dice nada. Pero después de haber tomado por asalto la casa, de haberse atrincherado en una pieza y de enigmáticamente conseguir que la mujer de uno se quede con ella en largos aquelarres nocturnos en la habitación y a puerta cerrada -no puede ser para otra cosa-, la vieja, que lleva ya más de dos meses estacionada de visita, se larga antes del 02 de enero... ¿Qué mejoría más grande se puede desear?, me dicen, mientras se relamen los labios de gusto, con expresiones casi salvajes en sus rostros.
Pero bueno. Los Años Viejos se rellenan de aserrín, papel periódico arrugado en bolitas y de pólvora, ojalá con mechas grandes y triangulares, de esas que utilizan para jugar el tradicional tejo, el deporte nacional predilecto por los dioses chibchas, el entrañable deporte del turmequé -al que el buen gusto del Comité Olimpico Internacional no ha permitido elevar a justa olímpica, ¡a Dios gracias!-. Una vez embutidos todos los elementos que conforman las entrañas del Año Viejo, vestido con las ropas de su alta dignidad, se coloca muy digno en los sitios apropiados para su misión: en las aceras, recostados de los postes, en las calzadas de concreto de las vías, al frente de las casas, en el centro de los parques. Como esta época es la temporada de verano, y casi con seguridad clínica no llueve, estos Años Viejos presiden en silencio y en las posiciones más inverosímiles e indignas las festividades de fin de año desde cinco días antes del 31 de Diciembre, e incluso más días antes. Cuando llegan las 12 de la noche del 31, el Año Viejo debe morir abrazado por las llamas, así que la turba enardecida se acerca y le prende candela sin la más mínima consideración y con la más calculada alevosía y premeditación, animados los verdugos por grupos de delirantes niños que esperaban con alborozo el momento, mientras las ansiosas miradas de los adultos aprueban la carnicería con sonrisas aderezadas por los varoniles olores del licor. Claro que las mujeres no se quedan atrás, muchas aplauden, gritan, hacen barra y no falta la homicida compulsiva que exige la repetición del acto (¿o sería la masoquista complusiva?).
De este modo, dice mi vecina, se atrae la buena suerte en el año nuevo; que nace en medio de este acto tan dantesco. Claro está, hay un rosario completo de pintorescos agueros y rituales absurdos que muchos supersticiosos hacen a las 12 de la noche, o sea, casi la mayoría de los colombianos los han hecho alguna vez... -probablemente publique sobre este tema después-. La quema del Año Viejo llegó a significar, entonces, el tratamiento para alejar las malas energías y las vibraciones negativas del aura de las personas, como se describiría en el curioso lenguaje seudocientífico y seudoreligioso de los movimientos New Age, o simplemente es el exorcismo personal y colectivo que se repite cada año para simbolizar el deseo de un mundo mejor, ya que el Año Viejo llega a tener nombres como el desempleo, o la violencia, o las deudas... los niños y grandes, al igual que en la España ocupada, asisten a la agonía del Año Viejo y la celebran, mientras el pobre muñeco se retuerce al son de las explosiones de la pólvora oculta en sus entrañas. Al final, sólo queda el amargo sabor de la resaca o guayabo, un montón de cenizas que se lleva el viento dos días después y un montón de chinos trasnochados, que no se quieren levantar temprano a ayudar en las labores de la casa.
Pero esta historia no termina aquí. Los Años Viejos este año tienen un nuevo escenario: las estaciones de la policía. En efecto, y en virtud de la extensión de la exitosa ley que prohibe el libre expendio y manipulación de pólvora, los Años Viejos quedaron prohíbidos, por lo que son detenidos preventivamente, tengan o no pólvora en sus tripas. ¿Qué será ahora de estos pobres, librados a última hora de su fatal sino, probablemente arrumados en cualquier rincón para luego ser quemados en gigantescas piras, a caricatura de la quema de infieles o brujas del medioevo? Por que no creo que estos Años Viejos se resistan a sobrevivir impunemente este año, ya que por una razón que no comprenden, no van a ser los protagonistas del hecho más importantes de su corta vida, su razón de ser, el motivo por el que existen... bien mal la pasan miles de millones de personas por no conocer su propio derrotero, ¿cómo se sentirán estos pobres, negado su leiv-motiv por seculares autoridades?

Yo creo que los Años Viejos que, en contra de la lógica de su mundo, sobrevivan al 2005, silenciosamente tomarán venganza de sus crueles verdugos. Seguramente se entregarán en las selvas para hacerse pasar como reinsertados, luego se afiliarán a cualquier partido político exótico del momento y, seguramente, se confabularán para quemar las aspiraciones a la reelección del candidato-presidente, eso sí, como medio de protesta... así veríamos como la quema de muñecos adquiriría, nuevamente, los visos originales que los vieron nacer en España, hace más de mil años...

¡FELIZ AÑO NUEVO 2006!

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